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Destello

Las joyas de mi biblioteca

OjoVoraz #14

«Así como una biblioteca muy numerosa pero desordenada no tiene tanta utilidad como una muy discreta pero bien dispuesta, una gran cantidad de conocimientos, que no hayan sido elaborados por el propio pensamiento tiene mucho menos valor que unos conocimientos en número muy inferior pero reiteradamente meditados» –Arturo Schopenhauer

Retomando de la idea de la entrega pasada, me las di de sabio y finalmente me atreví a ordenar mi biblioteca, a la que tenía abandonada por este periodo de exilio voluntario que a nadie interesan. Cinco años acumulando polvo; y ya se me había olvidado la lógica que le había conferido originalmente. Ahora dispuse un criterio temático e histórico que espero dure un par de años más. Debo tener algo más de mil ejemplares de filosofía y obras completas de unos cuantos novelistas escogidos. Entre ellos, cómo no, José Saramago, mi placer culpable; un estilo magistral mezclado con un ateísmo que le resta profundidad. Mi opinión, claro. Comienzo a leerlo maravillado y siempre, absolutamente siempre, termino decepcionado. Pero no puedo parar. Me gusta Saramago y cuánto agradezco que no sermonee a su lector.

Entre tanto libro descubrí que me sobraba espacio allí donde antes me faltaba. Las maravillas del orden. Pero lo más sorprendente es que encontré un tesoro: aparecieron joyas que ni sabía que tenía. Te las iré mostrando en diferentes entregas, como éste querido librito: Los 10,000 verbos castellanos ¡de 1887!

Es lamentable ver el rápido deterioro actual de la lengua española. Noto como se han reducido sus posibilidades expresivas, cediendo al dominio pragmático del inglés. Hay quienes denuncian el abuso del presente continuo por sobre el presente del indicativo, que sigue una sintaxis anglosajona en vez de la hispana auténtica. Si es verdad la frase atribuida a Víctor Hugo, hay que honrar el español, porque mientras el inglés es la lengua del comercio y el francés del amor, la nuestra es la lengua para hablar con Dios. ¡Toma Saramago! Y para eso es importante conocer su tesoro: ¡10,000 verbos! Cuánta riqueza.

Lo ojeo de vez en cuándo para saber lo que hay a mis espaldas, porque detrás de una lengua hay un pensamiento.

Belleza total que por ser tan cercana suele pasar desapercibida, como la esposa que despierta después de décadas a tu lado. La belleza antevista.

A esa entrada del verbo antever la antecede otra de igual estirpe: antevenir. Y así es fácil perderse en este modesto librito. Belleza que sólo puede vivir en nuestras bibliotecas y quizás nos disponga mejor para hablar con Dios. Vaya descubrimiento.

¿Por qué la fijación con el sabio?

OjoVoraz #13

«Ordenar es propio del sabio» –Tomás de Aquino
«¿Pero qué necesidad? ¿Para qué tanto problema?» – Juan Gabriel

Quizás te parezca obvia, pero me tomó más de veinte años entender la sentencia. Recién a mitad de mi vida –espero estar en la mitad– creo que he podido captar su sentido. Y quizás por lo mismo, los filósofos clásicos recomendaban dedicarse a la filosofía, lo mismo que a la ética y las cuestiones políticas, ya entraditos en canas. Un mozuelo por definición carece de experiencia vital, la misma que te da la perspectiva del tiempo para juzgar las cosas. Y como la filosofía tiene que ver con la vida personal, la de cada uno, en su totalidad, un joven al estar hecho de ilusión y expectativa, con más futuro que pasado, tiene poca base sobre la que apoyarse. En mitad de la vida, en cambio, hay tanto pasado de apoyo como futuro que proyectar. Aterrador, lo sé.

Toma tiempo y esfuerzo deliberado aprender a sopesar las cosas y asignarles el lugar que le corresponde en la vida. De hecho, de ahí viene la idea originaria de pensamiento, de ponderar, tomarle el peso y la gravedad a cada cosa. Es semejante a ordenar la habitación, « cada cosa en su lugar», sólo que en la vida el lugar no es físico sino el tiempo limitado que se nos ha dado. Con qué lo llenamos es la cuestión apremiante, pues llenarlo con unas cosas requiere siempre sacar otras. Tan sólo en un sentido derivado y muy abstracto el pensamiento puede concebirse como una facultad, una máquina si quieres, de sopesar razones. Más tedioso que aterrador. Y quizás sobre esa capa se erige un sentido pragmático de solucionar problemas.

Pero el sabio no es un problem-solver, porque, como bien recuerda Juan Gabriel, la vida no es un problema a ser solucionado aunque a veces así lo parezca. Ordenar es una actividad vital que reclama la vida entera. El sabio es alguien que ordena, no alguien que informa.

No creo haber visto nunca a uno. Tan escaso es este tipo humano que parece un ideal. Si el sabio no parece haber existido nunca en ningún lugar, ¿de adónde viene esa esquiva idea de que podemos y queremos saberlo todo sin contento?

Sabio en todo, experto en nada

OjoVoraz #12

«El sabio lo sabe todo en la medida de lo posible, sin tener la ciencia de cada cosa en particular» – Aristóteles

El problema es que muchos piensan que saben mucho, pensando en que saben muchas cosas: 1, 2, 3, 4... en vez de saber qué es el número. Ciertamente que el experto sabe algunas cosas, quizás importantes pero no por eso menos triviales, por estar sometido a la tiranía insoportable de la especialización. No hay mejor manera de ilustrarlo con que existen médicos especializados en una sola rodilla; que si vas con una dolencia en la izquierda, te derivará al especialista en la derecha. Así se pierde de vista que uno camina con las dos. Por eso, quizás, amigos cercanos me han preguntado con toda honestidad, «Gonzalo, si los filósofos son tan inteligentes, ¿por qué no son millonarios?». Acusé el golpe.

La ontología de la atención

OjoVoraz #10

Estoy apestado con que todo contenido se empaquete como resistencia frente a la IA. Rescatar y defender el pequeño reducto de lo humano que queda en nuestra época de desintegración moral. Sí, ya sé, todos somos Sara Connor. La cuestión es que si efectivamente todo puede ser representado como resistencia, nada lo es. Punto concedido. En este contexto, ayer fui al lanzamiento del libro de un filósofo amigo titulado 'Pregúntale a los filósofos' (donde hubo una pequeña disputa de si lo correcto era preguntarLES o preguntarLE; a mí me suena correcto "pregúntale", porque es un imperativo: Tú pregúntale a ellos; en fin, cosas de ñoños supremos, mientras los demás disfrutan de una cerveza helada arriba del yate).

La motivación del autor, el filósofo Pablo Maillet, era abordar las preguntas de la filosofía a través del prisma de distintos autores, que usualmente nunca coinciden entre sí. Lo que me deja pensando a un asunto apremiante. ¿Dónde está lo importante, en el esfuerzo de escribir un libro que quizás nunca concite lectores o en el contenido, en lo que dice o busca provocar en el lector? Es algo que me pregunto a diario: de si vale la pena el esfuerzo de escribir un libro ilecto. Si al otro lado realmente hay alguien que necesite mi visión de las cosas o a quién le pueda aportar con algo. La academia institucional, porque se puede compartir los valores platónicos en la marginalidad como yo, se rasca el ombligo al publicar para colegas, tres o cuatro gatos.

Se trata del crédito en su acepción más profunda. El gesto de todo autor es llegar a una audiencia. Su esfuerzo se concentra en ser leído. Y me pregunto por qué: ¿será por un asunto de crianza donde nos faltó la atención paterna? ¿Acaso no basta con leer? Ser leído, la cuestión metafísica de nuestro tiempo, la ontología de la atención: somos cuando nos la prestan.

La frase de don Aurelio

OjoVoraz #7

«La Naturaleza es el conjunto de todo lo que existe» (revelaré el autor en la glosa)

Como soy escéptico con la ciencia moderna me he propuesto volver a estudiar Matemáticas. Desconfiado, tiendo a suspender el juicio con respecto a algunas de sus afirmaciones, sobre todo las más radicales y generales. No me creo todo lo que dicen los científicos. Por eso, me he propuesto estudiar las matemáticas justas para llevar adelante mi tarea como filósofo de reducir, sino eliminar, la brecha entre lo científico y humanista como disciplinas del conocimiento.

División que me parece más derivada de una política que una división real de los saberes. Así que aunque fracase en esa tarea, me he decidido a estudiar las matemáticas a fondo para comprender el lenguaje científico desde adentro. Inflitrarme, como cuando los científicos se inmiscuyen en la filosofía.

Porque un filósofo fracasado, a diferencia de otros oficios, puede ser un gran filósofo precisamente a causa de ese fracaso y no a pesar de él. Al menos tuvo el mérito de mostrar un camino intransitable para otros. Para ese propósito, entonces, abrí el famoso texto Áritmética de don Aurelio Baldor como preparación para su Álgebra, y recién en la primera página noté la frase algo desencajada, fuera de lugar.

A primera vista es una frase que a cualquiera remotamente familiarizado con la filosofía le sonaría familiar. La podría haber dicho Anaximandro, Demócrito, Aristóteles, Descartes, Galileo, Russell y varios más. Mi expectativa era una sentencia más de campo, sobre los números y su manipulación notacional. Pero la afirmación es totalmente filosófica.

Fíjate en los términos que la componen:

  • Naturaleza
  • Conjunto
  • Existencia

Ninguno evidente por sí mismo ni más claro en su significado que los demás. Juntar los tres en una sola frase es un atrevimiento mayor.

Intuyo que don Aurelio debe haber estado impregnado del proyecto intelectual de la época en que figuras como Gottlob Frege, Bertrand Russel y N. Whitehead fijaban los términos de lo que se podía pensar con rigor. Así, todos esos ilustres pensadores coincidían en eso: que la Naturaleza es el conjunto de lo que existe, porque comparten una manera común de comprender su significado. Pero para un escéptico como yo, detecto rápido cuando una afirmación filosófica se pasa como si fuera científica.

El problema de la frase están en que, como arranque de un texto de Aritmética, moldea la manera de pensar, porque lo que viene después, ciertamente es verdadero. Se produce la temida falacia del consecuente. Pensar equivocadamente que, a causa de lo que viene a continuación es verdadero (en este caso, la aritmética), lo anterior también lo es (la frase inicial). Y te lo digo con toda seguridad: nada de lo que diga esa frase está justificado en la aritmética por si sola. Se necesitan ideas no numéricas, como la de existir.

No creo que haya habido mala fe de parte de don Aurelio, pero creo que es de esas cosas que adoctrinan en el 'pensamiento científico' y contribuyen a esa división tan indeseada con lo humanista. ¿Dónde está el problema con todo esto?

Que si Dios se cuenta o está entre las cosas que existen, estaría en la Naturaleza. Pero, por otro lado, si no es parte de la naturaleza, ¿quiere decir que no exista? Ya lo han dicho autores neoplatónicos hace rato. Dios es, no existe. El ser está más allá de la existencia, pero tampoco es la nada. Aunque también se Lo puede pensar como la nada respecto de todas las cosas existentes. Trabalenguas con sentido profundo desde Plotino a Tomás de Aquino. Sea como sea, la frase sostiene que únicamente existen los seres naturales.

Y como Dios no está dado a la experiencia ni los métodos de la ciencia, algunos científicos concluyen que no existe. Pero lo que parece una afirmación de física es en realidad una afirmación filosófica, discutible ciertamente -y ahí está lo jugoso-, pero en los términos que corresponde.

No me cambie (ni me imponga) las reglas del juego.

Ya pronto comienzo con la aritmética.


Bonus

La Escuela de Atenas, he visto la imagen mil veces, pero cuando la pude ver en directo lloré.

La meca del filósofo moderno, solitario en su quehacer, pero parte de una empresa colectiva, cuya comunidad intemporal el cuadro representa de manera sublime.

Pero incluso después de haberla visto con detención, siempre me aporta con detalles desconocidos.

👉 Acá puedes leer cómo fue inspiración de mi novela filosófica de juventud.

Pero la imagen de hoy es un recorte que muestra al matemático árabe medieval, Averroes, mirando los apuntes de Pitágoras.

Hermoso.

Pessoa, filósofo

OjoVoraz #6

«Y entonces, diré "Me soy". Habré expresado una filosofía en dos breves palabras. Obedezca a la gramática quien no sabe pensar lo que siente» | Fernando Pessoa

Pessoa frente a Platón. «Me soy» refresca la idea de que el filósofo es quien se atreve a pensar el ser. Piénsalo como quieras, pero piénsalo. Por eso, cuando una filosofía no te habla del ser o lo evita con rodeos sofisticados, es otra disciplina que lleva el mismo nombre, como un billete antes y después de la inflación.


  • Pessoa, Fernando, Libro del Desasosiego, Acantilado 2013, 98 ↩︎

La divulgación de un saber difunto

OjoVoraz #5

«Dios ha muerto» – Federico N., 1882
«La filosofía ha muerto» –Esteban Halcón-Rey, 2010

En nuestra cultura, la muerte de la filosofía sucede a la muerte de Dios. Por alguna razón a los intelectuales les encanta declarar la muerte de lo que sea, pero acá la han liado con el sepulcro de dos personalidades ilustres. Que sea un filósofo el que declare la muerte de Dios, y un científico la muerte de la filosofía, no es casual. Aunque tampoco providencial. Dios ha vivido sin necesidad de la filosofía en casi toda cultura conocida, adoptando formas innumerables. No así la filosofía sin Dios, aunque sea únicamente para negarlo. Pero si muere Dios, ¿por qué ha de morir también la filosofía?

La desaparición del escritor comprometido

OjoVoraz #4

«El escritor serio es una figura o un tipo en retroceso» | James T. Farrell

Si esperabas que ya era hora de hablar de cómo la IA pone en riesgo las profesiones y amenaza en especial al oficio del escritor, sigue leyendo. En el inglés original la frase dice 'decline', pero le puse «retroceso» en vez de otras traducciones, porque ese es el punto delicado que le pone título al artículo del Sr. Farrell:

«El Declive del Escritor Serio»

Naturalmente agradecerás -al igual que yo- que desaparezcan los escritores serios, si con ello queremos decir graves, aburridos, que se pierden en detalles que a nadie interesan, o que levantan ceja para predicar sin púlpito.

Pero en este caso, el Sr. Farrell usa la palabra 'serious' para calificar a un cierto tipo de escritor, donde traducir por «seriedad» o «gravedad» tampoco honra su sentido.

Lo que distingue, en cambio, al autor «serio» del que tan sólo lo parece, es haber dedicado y orientado sus fuerzas vitales al cultivo de un oficio inagotable; como el filósofo a la verdad, o el artista a la belleza.

Y eso se logra únicamente con una decisión libre, porque perseguir el oficio requiere renuncias importantes: económicas, sociales, y por qué no, afectivas.

El escritor serio es un autor comprometido con un conjunto de ideas y valores integrados en una visión estética que abarca la vida entera.

Por eso el artículo advierte acerca de la extinción inminente de ese tipo social que tuvo su apogeo en la cultura de los últimos siglos, expulsado por las fuerzas del mercado hasta casi desaparecer .

Una cultura que ha abdicado de sus valores tradicionales.

Del más allá al más acá:

«Y una de las razones de este declive radica en el hecho de que la seriedad, las ideas y la literatura no se pueden comercializar fácilmente»

Y la razón es la misma que exige el cultivo de la filosofía: tiempo. Pues:

«La audiencia masiva no tiene tiempo para pensar y tiene poco tiempo para sentir»

La literatura, y diría que también una cierta filosofía, se consume como texto o vídeo:

«La atención se centra en el ocio y el consumo, que ahora son factores dominantes en nuestra próspera sociedad»

Pero no contento con distinguir al escritor serio del productor de texto para una audiencia masiva, el Sr. Farrell se manda un bombazo:

«La gente quiere que gran parte de su pensamiento venga empaquetado»

El empaquetado o envasado (packaging) es una práctica industrial que con el tiempo se convirtió en una función de la mercadotecnia (marketing).

Los orígenes del packaging se remontan al problema de la distribución masiva de alimentos, donde el envase tenía la función de protegerlos y transportarlos.

La producción en masa exigió soluciones de envasado estandarizadas.

Y en la estandarización está la clave, porque un pensamiento empaquetado es un pensamiento estandarizado, es decir, uniforme y masivamente distribuido.

Por eso hoy parece haber cajas de resonancia en vez de personas con criterio propio.

El packaging de las ideas importa tanto como su contenido.

La pregunta, entonces, no es tanto quién lo produce, sino quién lo envasa.


En definitiva, me temo que la desaparición del escritor comprometido arrastra también la desaparición del lector competente, uno con criterio formado y capaz de pensar por sí mismo.

Y cualquiera diría que la cita del epígrafe es otra crónica o diagnóstico de lo mal que va nuestro mundo, la venta de un apocalipsis del que ni siquiera el escritor puede escapar.

¿Pero qué pensarías al enterarte que el artículo de Farrell es de 1957, escrito hace casi 70 años?


Biblio:

  1. James T. Farrell, “The Decline of the Serious Writer”; The Antioch Review, Vol. 17, No. 2  (1957): 147–160.
  2. Diana Twede, “The Birth of Modern Packaging: Cartons, Cans and Bottles”, Journal of Historical Research in Marketing 4, no. 2 (2012): 245–272.